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Álex Sàlmon – Operación Prioridad bufones y comediantes

La cultura siempre pierde. En muchas ocasiones, los poderes públicos la utilizan para lucirse, y en otras, las empresas la redirigen para ampliar y consolidar su imagen. Claro que hay para todo. Cuando las instituciones públicas o las grandes y pequeñas corporaciones se muestran convencidas, con sinceridad, de que las inversiones en cultura son un bien común y una forma de devolver a la sociedad aquello que logran a través de la misma ciudadana, es entonces cuando la simbiosis honesta del mecenas y el creador funciona.

Llegan tiempos de convulsión social y económica. No utilizo crisis porque el término retrotrae, y es el que he escuchado desde mi adolescencia cuando comencé a ser consciente del esfuerzo económico y emocional de un trabajo teatral como en el Teatre Lliure, por ejemplo, o el de un cuarteto en los miércoles gratis del Palau de la Música. Producción, vestuario, sonido, ensayos, luces, horas y horas dedicadas a ensayar sobre el escenario.

Así el arte, en toda su complejidad, siempre está dispuesto a dar más de lo que recibe. Sin ánimos de molestar y entendiendo las diferencias, las horas que factura un abogado o un fontanero, jamás las podría pasar un actor o un músico. Diríamos que van a proyecto. Una posibilidad que, de existir de verdad una industria cultural apoyada por lo público y lo privado, lograría soportar a un sector de por sí débil. Nada que ver.

Les pongo un ejemplo concreto. Tras la llegada de la democracia, los ayuntamientos comenzaron a invertir en cultura. No eran grandes presupuestos porque se partía de casi cero. El debate era: ¿asfaltamos calles e invertimos en alcantarillado u organizamos festivales de teatro o música? Los viejos del lugar lo recordarán. La diferencia de sensibilidades fue por barrios. Pero la única posibilidad de evidenciar la existencia de ese debate ya nos da muestra del nivel de algunos responsables públicos. El mundo privado tampoco difiere en exceso de este concepto. Va por percepciones.

Tras las olimpiadas del 92 en Barcelona, la inversión pública y privada descendió a los infiernos. Se remontó tras la llegada de la burbuja inmobiliaria. Cuando ésta explotó, los presupuestos en cultura volvieron a reducirse. Siempre es lo mismo: cualquier gasto en creación es tratado como un gasto. ¿Y si fuera una inversión? Inocencia del que escribe.

Llegados a este punto, nos topamos con el momento de inflexión actual. La Covid-19 nos confina y ello provoca un bloqueo total de cualquier acción creativa. Se detienen las representaciones teatrales y musicales del momento; las producciones cinematográficas paran y así enmudecen todos sus profesionales (montadores, maquilladores, sonido, sastrería y un largo etcétera, además, por supuesto, de actores, guionistas y directores); los proyectos de arquitectura e interiorismo quedan aplazados, con la incógnita de si volverán a arrancar; las editoriales abandonan las campañas de promoción de los libros en el mercado y dejan de editar, mientras las librerías cierran y comienzan a vender por Internet, sin saber si será el futuro o su muerte definitiva; los modistos pierden su aguja y la industria de la moda, la de “haute couture” y la de “prêt à porte”, se paraliza; sin entrar en la otra cultura creativa como es la gastronomía. En definitiva, la cultura saldrá del confinamiento con muerte clínica. Aquello que ocurre cuando a un enfermo no le llega oxígeno al cerebro durante horas o días.

Por todo ello, ahora más que nunca la creación necesitará de las instituciones públicas y las privadas para salir de este proceso degenerativo. Y, sin lugar a dudas, existirán muchas debilidades. Como aquellas que en los primeros ayuntamientos democráticos llamaban a poner en duda la inversión en cultura en contra de asfaltar calles.

La investigación científica necesitará recursos para encontrar una vacuna. Es una prioridad. Así debe ser. Pero hay que evitar que la balanza se precipité solo de un lado, dejando el otro extremo al albur de las inclemencias del tiempo. La sociedad necesita titiriteros y bufones para soportar la que se nos viene encima. Corremos el peligro de que alguno lo olvide. Puede que sea el momento para, de una vez por todas, se trabaje en una ley que apoye el mecenazgo ausente de ideologías y tonterías. La salud física es fundamental. La mental, también.

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Álex Sàlmon és periodista, analista a Catalunya Ràdio, Tv3, TVE i Ràdio 4. Professor de periodisme a la UAO i a la UIC.

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