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[:ca]EL CONTE DELS GERMANS GRIMM[:es]EL CUENTO DE LOS HERMANOS GRIMM[:en]THE TALE OF THE GRIMM BROTHERS[:]

[:ca]

*

Hänsel i Gretel vivien amb el seu pare un pobre llenyataire i la cruel madrastra. Eren tan pobres que gairebé ja no tenien ni menjar per a tots quatre.

Una nit la madrastra va dir al pare, d’amagat:

– Ja no ens queda res per menjar!. Demà portarem els nens al bosc i els hi deixarem … No sabran trobar el camí de casa.

Al principi el pare no volia de cap manera però la dona hi va insistir tant que al final el va saber convèncer. Hänsel ho va sentir tot i va començar a pensar en la forma de sortir-se’n.
A mitja nit Hänsel va tenir una idea. Va sortir de casa i va agafar tot un seguit de pedretes lluents que hi havia pels voltants de casa seu i se’n va omplir les butxaques. I silenciosament se’n va anar a dormir.

L’endemà la madrastra els va portar ben endins del bosc. De tant en tant reganyava en Hänsel, que es quedava enrere, ja que dissimuladament anava deixant les pedretes que havia recollit la nit anterior.

Quan van arribar en un lloc prou llunyà, la madrastra els va dir: – Espereu-vos aquí fins que tornem. No trigarem. Mentrestant, aneu recollint llenya – Van estar esperant i esperant fins que es va fer de nit.

Llavors Hänsel va començar a seguir el camí de pedretes lluents que havia deixat. I així fou com abans de que els seus pares anessin a dormir, varen poder tornar a casa.

La madrastra no estava gens contenta, i va insistir per tornar-los a dur al bosc, encara més endins. El pare, al principi no volia, però al final encara es va deixar convèncer un altre cop.

L’endemà els van despertar tant d’hora que a en Hänsel no li va donar temps d’agafar les pedres lluents. El seu pare els va donar una mica de pa, que Hänsel va pensar a fer servir com les pedres, els va portar molt endins del bosc i els van dir – Espereu-vos aquí fins que us vinguem a buscar -. Ells es van esperar però quan ja es feia de nit i no tornaven van buscar el camí de tornada però no el van saber trobar: Les formigues se l’havien menjat.

Tot d’una van veure un ocell negre que volava a prop d’ells i que de tant en tant s’aturava, semblava que els volgués indicar el camí, el van anar seguint i van arribar a una caseta construïda de dolços, bombons i altres llaminadures.

Aquella casa era d’una bruixa i era per atraure els nens i després menjar-se’ls així que quan els nens s’hi van apropar, la bruixa els va fer presoners.

Com que en Hänsel estava molt primet, la bruixa el va tancar en una gàbia i l’alimentava bé per anar-lo engreixant abans de menjar-se’l. Mentrestant, la Gretel havia de fer les feines més pesades de la casa.

Un dia, la bruixa va decidir que Hänsel estava ja prou gras com per a ser menjat i va ordenar a Gretel que mirés si el forn ja estava ben encès.

-No sé com s’obre – va dir la Gretel.

La bruixa va anar cap al forn i va dir – Mira, i fixa’t-hi bé i aprèn-ne – Però quan la bruixa va obrir el forn, ràpidament la Gretel li va donar una bona empenta i va tancar la porta amb la bruixa dins.

Aleshores va alliberar a Hänsel i se’n van anar, però abans es van omplir les butxaques de les pedres precioses del tresor de la bruixa.

Els nens van fugir pel bosc, van córrer fins arribar a la vora d’un llac i un cigne blanc molt bonic es va oferir per portar-los a l’altra banda on van trobar el seu pare que els estava buscant.

Es van abraçar i amb el tresor de la bruixa van viure rics i feliços per sempre.

*

Jacob Grimm, nascut a Hanau el 4 de Gener del 1785 i mort a Berlín el 20 de setembre del 1863. Wilhlem Grimm, nascut a Hanau el 24 de febrer del 1786 i mort a Berlín el 16 de desembre del 1859. Entre els dos van escriure “Contes per a nens i familiars” (1812) i “Llegendes populars alemanyes” (1816). Els seus treballs de recuperació filològica inicien els estudis sobre la lingüística i la cultura alemanyes. Van començar el 1819 una “Gramàtica alemanya”, que no varen poder acabar, però tot i això té una importància transcendental en la filologia alemanya. Les seves històries recullen contes tradicionals orals de la cultura alemanya, i també altres de versionats.[:es]

*

Había una vez un leñador muy, muy pobre que vivía junto a un enorme bosque con su esposa y sus dos hijos: un niño y una niña. El niño se llamaba Hänsel, y la niña, Gretel. Siempre andaban faltos de todo y llegó un día en que la cosecha fue tan escasa que el leñador ni siquiera tenía suficiente comida para dar a su familia el pan de cada día. Cierta noche en que no podía dormirse, tantas eran sus preocupaciones, despertó a su esposa para hablar con ella.

¿Qué va a ser de nosotros? -le dijo-. ¿Cómo vamos a alimentar a nuestros hijos si ni siquiera hay bastante para los dos?

-Te diré lo que podemos hacer, esposo mío -respondió la mujer-. Mañana temprano llevaremos a los niños a la parte más espesa del bosque, encenderemos una hoguera y les daremos un trozo de pan, luego nos iremos a trabajar y los dejaremos allí solos. No podrán encontrar el camino de vuelta a casa y nos libraremos de ellos.

-No, mujer -dijo el leñador-. Me niego a hacer algo así. ¿Crees acaso que tengo el corazón de piedra? Los animales salvajes los olerían enseguida y los devorarían.

-¡Qué tonto eres! -exclamó la mujer-. Entonces, ¿qué hacemos? ¿Nos morimos de hambre los cuatro? Muy bien, no lo hagamos, pero entonces vete cortando madera para hacer cuatro ataúdes -dijo, y no lo dejó tranquilo hasta que consiguió convencerlo.

Los niños, que no podían dormirse a causa del hambre, escucharon las palabras de su madrastra. Gretel se puso a llorar amargamente.

-Estamos perdidos -le dijo a su hermano. -No -dijo Hänsel-. No tengas miedo, encontraré la manera de escapar.

Y en efecto, en cuanto oyó roncar a sus padres, se levantó, se puso el abrigo y salió por la puerta de atrás. Era noche de luna llena y las piedrecitas que había a la entrada de la casa brillaban como si fueran de plata. Hänsel se agachó y cogió cuantas le cabían en los bolsillos. Luego volvió a entrar.

-Tranquilízate, mi querida hermana -le dijo a Gretel-, y vete a dormir. Dios no nos abandonará -dijo, y se metió en la cama de nuevo.

Al día siguiente, antes incluso de que saliera el Sol, la mujer se acercó a despertar a los niños.

-¡Arriba, perezosos, nos vamos al bosque a cortar leña! -dijo y les dio a cada uno un trozo de pan-. Aquí tenéis, para desayunar. Y no os lo comáis todo que no hay más.

Gretel metió los dos trozos en su abrigo, puesto que Hänsel tenía los bolsillos llenos de piedrecitas. Al cabo de unos minutos, emprendieron la marcha.

Después de caminar un trecho, Hänsel se detuvo y miró hacia la casa, maniobra que repetía cada cierto tiempo.

-¡Hänsel! -le dijo una de ellas su padre-. ¿Qué estás mirando? No te quedes atrás, podrías perderte.

-Estaba mirando a mi gato, que me saludaba con la pata desde el tejado -dijo Hänsel.

-Pero qué burro eres -intervino la mujer de su padre-. No es tu gato, es el Sol, que se refleja en la chimenea.

Pero en realidad Hänsel no había visto a su gato, ni siquiera se había fijado en la casa; se volvía de espaldas para dejar caer una piedrecita blanca.

Al llegar a la parte más densa del bosque, el padre dijo:

-Ahora, hijos, id a buscar leña, voy a encender un fuego para que no os quedéis fríos.

Hänsel y Gretel reunieron leña suficiente para hacer una pila del tamaño de una pequeña colina. Su padre le prendió fuego y en el momento en que comenzó a arder, fue la mujer la que se dirigió a los niños:

-Ahora tumbaos junto a la hoguera, niños. Vuestro padre y yo vamos a cortar leña. Cuando terminemos, vendremos a buscaros.

Hänsel y Gretel se sentaron junto al fuego y a mediodía comieron sus trozos de pan. Oían los golpes del hacha, de modo que pensaban que su padre estaba cerca. Sin embargo, no se trataba del hacha. El leñador había atado una rama a un árbol y el viento hacía que golpeara contra el tronco seco del mismo. Como llevaban mucho tiempo allí quietos, acabaron por cerrárseles los ojos y se quedaron dormidos.

Cuando despertaron era noche cerrada. Gretel empezó a llorar.

-¿Cómo vamos a salir de este bosque? -decía.

Hänsel la consoló.

-Vamos a esperar a que la luna esté en lo alto del cielo -le dijo- y encontraremos el camino.

En efecto, cuando la luna comenzó a elevarse en el cielo, el niño cogió a su hermana de la mano y los dos siguieron el camino que les señalaban las piedras blancas.

Caminaron durante toda la noche y al amanecer llegaron a su casa. Llamaron a la puerta y les abrió su madrastra, diciendo: -Niños, qué malos sois. ¿Por qué habéis dormido durante tanto tiempo? Ya pensábamos que no volveríais.

El leñador, sin embargo, se alegró muchísimo de ver a sus hijos. Su conciencia no le había dejado dormir.

Pero los tiempos de escasez no habían pasado y los niños, desde su cama, volvieron a oír una conversación entre su padre y su mujer.

-Ya nos lo hemos comido todo, sólo nos queda media hogaza de pan. Tenemos que deshacernos de los niños. Esta vez los llevaremos más lejos, para que no puedan encontrar el camino de vuelta. No hay otra manera de salvarnos.

El leñador sintió un gran peso en el corazón. “Preferiría compartir con ellos lo poco que nos queda”, se dijo, pero sabía que su esposa no escucharía sus argumentos y se limitaría a burlarse de él. El hombre que cede una sola vez está acabado, y como el leñador había cedido anteriormente, ahora se veía obligado a hacerlo de nuevo.

Pero como los niños estaban despiertos y oyeron la conversación, Hänsel se levantó en cuanto sus padres se quedaron dormidos.

Pretendía salir para recoger piedrecitas, como la vez anterior, pero en esta ocasión la mujer había cerrado la puerta con llave y el niño no pudo salir. Sin embargo, consoló a su hermana diciéndole:

-No llores, Gretel, y sigue durmiendo. Seguro que Dios nos ayuda.

A primera hora de la mañana, la mujer fue a despertar a los niños. Estos recibieron un trozo de pan cada uno, un trozo todavía más pequeño que en la anterior ocasión. Hänsel lo partió en miguitas, y mientras se dirigían al bosque las iba echando por el camino.

-Hänsel, ¿por qué te paras y miras hacia atrás? -le preguntó su padre.

-Estoy mirando a mi paloma, que está sobre el tejado, saludándome con las alas -dijo Hänsel.

-¡Tonto! -dijo la mujer-. No es tu paloma, es el sol, que se refleja en la chimenea.

La mujer los condujo a lo más profundo del bosque, más lejos que nunca, a un lugar en el que jamás habían estado. Volvieron a encender una hoguera, y la mujer dijo:

-Sentaos ahí, niños, y dormid si estáis cansados. Nosotros vamos al bosque a cortar madera. Volveremos por la tarde, cuando hayamos terminado.

A mediodía, Gretel compartió con Hänsel su trozo de pan, puesto que éste había ido echando el suyo sobre el camino. Después se quedaron dormidos. Pasó la tarde, pero nadie fue a buscar a los pobres niños, que, por otra parte, no se despertaron hasta bien entrada la noche.

-No te preocupes -dijo Hänsel consolando a su hermana-, en cuanto salga la Luna podremos ver las migas de pan que he ido dejando por el camino y así encontraremos el camino de vuelta a casa.

Salió la luna por fin, pero los niños no pudieron encontrar el camino, pues los miles de pájaros que habitan en los bosques se habían ido comiendo las migas que Hänsel había dejado.

-No importa -le dijo el niño a su hermana-, ya encontraremos la forma de regresar.

Desgraciadamente, esto no fue posible. Anduvieron durante toda la noche y todo el día siguiente, pero no pudieron encontrar un camino por el que pudieran salir del bosque. Pasaron mucha hambre, pues no encontraron nada de comer aparte de algunas bayas. Al final del día se encontraban tan agotados que sus piernas se negaban a seguir sosteniéndolos por más tiempo, de manera que se tumbaron debajo de un árbol y se durmieron.

Al tercer día desde que abandonaran la casa de su padre, volvieron a ponerse en marcha, pero sólo consiguieron internarse en el bosque cada vez más.

Pronto se percataron de que si no encontraban ayuda, muy pronto acabarían por perecer. A eso del mediodía vieron un precioso pájaro blanco posado en una rama. Tan dulce era su canto que se detuvieron a escucharlo. Cuando terminó de trinar levantó el vuelo y aleteó frente a ellos. Los niños lo siguieron, llegando a una casita sobre la que el pájaro se posó. Al aproximarse más a la casa, comprobaron que estaba hecha de pan y cubierta de pasteles, mientras que la única ventana que tenía era de azúcar transparente.

-¡Por fin podremos comer! -exclamó Hänsel-. Yo comeré un poco del tejado, Gretel, y tú puedes comerte una parte de la ventana, seguro que está muy dulce -dijo, y estiró las manos para romper un trozo de tejado con el fin de probarlo. Gretel se acercó a la ventana y comenzó a lamerla.

En ese momento, se oyó una aguda voz que provenía del interior:

-Vaya, vaya, ratoncita. ¿Quién se come mi casita?

Los niños respondieron:

-La hija del cielo, señora, la tempestad, segadora.

Y siguieron comiendo sin inquietarse. Hänsel, a quien le gustó mucho el techo de la casa, cogió un pedazo bien grande, mientras que Gretel tomó el panel de la ventana y se sentó para disfrutar más cómodamente de él. De repente, se abrió la puerta y se asomó por ella una anciana apoyada en un bastón. Hänsel y Gretel se asustaron tanto que dejaron caer lo que tenían en las manos.

La anciana, sin embargo, hizo un gesto con la cabeza y dijo:

-¡Oh, qué bien, unos niños! ¿Quién os traído hasta aquí, queridos? Pasad y sentaos conmigo, no tengáis miedo.

Cogió a ambos de la mano y los metió en su casa, dándoles una deliciosa comida: leche, pasteles azucarados, manzanas y nueces. Cuando terminaron se encontraron con que había dos preciosas camitas preparadas para ellos. Nada más meterse en la cama, Hänsel y Gretel se quedaron dormidos como benditos.

La anciana se había comportado como la más amable de las anfitrionas, pero en realidad era una vieja bruja que había seguido muy de cerca a los niños pues debéis saber que las brujas tienen los ojos de color rojo y son cortas de vista, aunque, para compensar, y como los animales, tienen un sentido del olfato muy desarrollado, especialmente para oler a los humanos; de hecho, sólo había construido la casita de pan con la intención de atraparlos en sus redes. Siempre que alguien caía en su poder, lo mataba, lo cocía y se lo comía en un gran banquete.

-Ya los tengo, ahora no se me pueden escapar -se dijo la bruja en cuanto los vio dormidos.

Por la mañana temprano, antes de que los niños se despertaran, lo primero que hizo la bruja fue ir a ver su próximo manjar. Al ver sus rosadas mejillas, sus tiernas carnes, no pudo reprimir una sonrisa.

-Serán un bocado exquisito -se dijo y cogió a Hänsel para llevarlo al establo, donde lo encerró.

Luego regresó a buscar a Gretel y la sacudió hasta despertarla.

-Levántate, perezosa, ve por agua y haz algo de comida para tu hermano. Cuando engorde, me lo comeré.

Gretel se echó a llorar, aunque de poco le sirvió, porque sabía que no le quedaba más remedio que hacer lo que la bruja ordenaba.

Prepararon una magnífica comida para el pobre Hänsel. Gretel, sin embargo, sólo comió conchas de cangrejo. Todas las mañanas, la vieja bruja se acercaba al establo.

-Hänsel -le llamaba-, saca un dedo para que vea cómo engordas.

Pero Hänsel siempre sacaba un hueso que la bruja, que veía muy, muy mal, confundía con uno de los dedos del niño, preguntándose por qué tardaba tanto en engordar. Al cabo de cuatro semanas perdió la paciencia.

-¡Gretel! -llamó a la pobre niña-. Ve por agua. No me importa que esté delgado, mañana me como a Hänsel.

Gretel no podía dejar de llorar.

-¡Dios mío, ayúdanos! -decía mientras cogía el agua-. Si por lo menos nos hubieran devorado los animales del bosque, habríamos muerto juntos.

-Deja de quejarte -le dijo la bruja-, de poco te va a servir.

Por la mañana temprano Gretel tuvo que salir a encender el fuego para calentar el agua.

-Primero prepararemos el pan -dijo la bruja-. Ya he calentado el horno y hecho la masa -dijo, empujando a Gretel hacia el horno, del que salían enormes llamas-. Ahora métete dentro y mira a ver si está lo bastante caliente para hacer el pan.

En realidad, lo que la bruja pretendía era cerrar el horno en cuanto Gretel estuviera dentro, porque también quería comérsela a ella aquel mismo día. Pero Gretel se percató de sus intenciones.

-No sé qué hacer, ¿cómo entro?

-¡Estúpida! -se quejó la bruja-. ¿No ves que la puerta es lo bastante grande? Mira, hasta yo cabría en él -dijo, acercándose al horno y metiendo en él la cabeza.

En cuanto Gretel vio que la vieja metía la cabeza, le dio un empujón y la bruja cayó dentro del horno. Gretel cerró la puerta de hierro y corrió el cerrojo.

¡Cómo gritaba la bruja! Fue horrible, pero Gretel salió corriendo, dejando que muriese miserablemente.

La niña se dirigió a buscar a su hermano, abrió la puerta del establo y llamó:

-¡Hänsel, somos libres, la bruja ha muerto!

Hänsel salió del establo como un pájaro enjaulado cuando abren su prisión.

Cómo se abrazaron y besaron y se regocijaron de ser libres por fin. Como ya no había ningún motivo para seguir sintiendo miedo, entraron en la casa y allí encontraron, en todos los rincones de la sala, cajas de perlas y piedras preciosas.

-Son más bonitas todavía que las piedras blancas -dijo Hänsel y se llenó los bolsillos con ellas.

-Yo también quiero llevarme algo a casa -dijo Gretel, y vació un cofre en su delantal.

-Bueno, pero ahora vámonos -dijo Hänsel-. Alejémonos del bosque de las brujas.

Después de caminar durante horas, llegaron a un gran lago.

-Por aquí no podemos pasar -dijo Hänsel-. No hay ningún puente.

-Ni tampoco ningún transbordador -añadió Gretel-, pero mira, ahí hay un pato. Voy a ver si puede ayudarnos.

Y lo llamó del siguiente modo:

-Mi señor don pato, venga usted aquí, que yo de este lago no puedo salir. Le falta algún puente que ayude a cruzar. ¿Y sobre su lomo?, ¿nos podría llevar?

El pato nadó hacia ellos. Hänsel montó sobre su lomo y tendió la mano a su hermana.

-No -dijo Gretel-, pesaríamos demasiado y no podría con nosotros. Tenemos que cruzar por separado.

Y, en efecto, así lo hicieron. Al otro lado del lago el bosque les resultaba familiar, y al cabo de un trecho vieron la casa de su padre en la distancia.

Echaron entonces a correr y entraron con estrépito, abrazándose a su padre con alborozo. Su mujer había muerto, pero no era esto lo que más había preocupado al hombre, que no había vivido una sola hora de tranquilidad desde que abandonara a sus hijos en el bosque. Gretel sacudió su delantal y las perlas rodaron por la estancia, mientras Hänsel sacaba de sus bolsillos un puñado de piedras preciosas tras otro. Gracias a ellas terminaron sus penurias y pudieron vivir felices para siempre.

*

Jacob Grimm, nacido a Hanau el 4 de enero del 1785 y fallecido en Berlín el 20 de septiembre del 1863. Wilhlem Grimm, nacido a Hanau el 24 de febrero del 1786 y fallecido en Berlín el 16 de diciembre del 1859. Entre los dos escribieron “Cuentos para niños y familiares” (1812) y “Leyendas populares alemanas” (1816). Sus trabajos de recuperación filológica inician los estudios sobre la lingüística y la cultura alemanas. En 1819 empezaron una “Gramática alemana”, que no pudieron acabar, pero aún así tiene una importancia trascendental en la filología alemana. Sus historias recogen cuentos tradicionales orales de la cultura alemana, y también otros de versionados.[:en]

*

Once upon a time, on the edge of a great forest, there lived a very poor woodcutter with his wife and his two children, Hänsel and Gretel. His second wife often ill-treated the children and was forever nagging the woodcutter. The family had little enough to eat, and once there was a great famine in the land the man could no longer even get them their daily bread. “There is not enough food in the house for us all. There are too many mouths to feed! We must get rid of the two brats,” she declared. And she kept on trying to persuade her husband to abandon his children in the forest.

“Take them miles from home, so far that they can never find their way back! Maybe someone will find them and give them a home.” The downcast woodcutter didn’t know what to do. Hänsel who, one evening, had overheard his parents’ conversation, comforted Gretel.

“Don’t worry! If they do leave us in the forest, we’ll find the way home,” he said. And slipping out of the house he filled his pockets with little white pebbles, then went back to bed. All night long, the woodcutter’s wife harped on and on at her husband till, at dawn, he led Hänsel and Gretel away into the forest. But as they went into the depths of the trees, Hänsel dropped a little white pebble here and there on the mossy green ground. At a certain point, the two children found they really were alone: the woodcutter had plucked up enough courage to desert them, had mumbled an excuse and was gone. Night fell but the woodcutter did not return. Gretel began to sob bitterly. Hänsel too felt scared but he tried to hide his feelings and comfort his sister.

“Don’t cry, trust me! I swear I’ll take you home even if Father doesn’t come back for us!” Luckily the moon was full that night and Hänsel waited till its cold light filtered through the trees. The moon was shining bright as day, and the white pebbles glittered like new silver coins.

“Now give me your hand!” he said. “We’ll get home safely, you’ll see!” The tiny white pebbles gleaming in the moonlight showed the children their way home. They crept through a half-open window, without wakening their parents. Cold, tired but thankful to be home again, they slipped into bed.

Next day, when their stepmother discovered that Hänsel and Gretel had returned, she went into a rage. Stifling her anger in front of the children, she locked her bedroom door, reproaching her husband for failing to carry out her orders. The weak woodcutter protested, torn as he was between shame and fear of disobeying his cruel wife. The wicked stepmother kept Hänsel and Gretel under lock and key all day with nothing for supper but a sip of water and some hard bread. All night, husband and wife quarrelled, and when dawn came, the woodcutter led the children out into the forest. Hänsel, however, had not eaten his bread, and as he walked through the trees, he left a trail of crumbs behind him to mark the way. But the little boy had forgotten about the hungry birds that lived in the forest. When they saw him, they flew along behind and in no time at all, had eaten all the crumbs. Again, with a lame excuse, the woodcutter left his two children by themselves.

“I’ve left a trail, like last time!” Hänsel whispered to Gretel, consolingly. But when night fell, they saw to their horror that all the crumbs had gone. “I’m frightened!” wept Gretel bitterly. “I’m cold and hungry and I want to go home!”

“Don’t be afraid. I’m here to look after you!” Hänsel tried to encourage his sister, but he too shivered when he glimpsed frightening shadows and evil eyes around them in the darkness. All night the two children huddled together for warmth at the foot of a large tree. When dawn broke, they started to wander about the forest, seeking a path, but all hope soon faded. They were well and truly lost. On they walked and walked, till suddenly they came upon a strange cottage in the middle of a glade.

“This is chocolate!” gasped Hänsel as he broke a lump of plaster from the wall.
“And this is icing!” exclaimed Gretel, putting another piece of wall in her mouth. Starving but delighted, the children began to eat pieces of candy broken off the cottage.

“Isn’t this delicious?” said Gretel, with her mouth full. She had never tasted anything so nice.

“We’ll stay here,” Hänsel declared, munching a bit of nougat. They were just about to try a piece of the biscuit door when it quietly swung open.

“Well, well!” said an old woman, peering out with a crafty look. “And haven’t you children a sweet tooth?”

“Come in! Come in, you’ve nothing to fear!” went on the old woman. Unluckily for Hänsel and Gretel, however, the sugar candy cottage belonged to an old witch, her trap for catching unwary victims. The two children had come to a really nasty place

“We’ll get to work on that,” said Hansel, “and have a real feast. I’ll eat a piece of the roof. Gretel, you can eat some of the window–that will taste real sweet.”

Hänsel reached up and broke off a little of the roof, to see how it tasted, and Gretel went up to the windowpane and nibbled on it. Then a shrill voice called out from inside the house:

“Nibble, nibble, little mouse,

Who is nibbling at my house?”

The children answered:

“It is not I; it is not I–

It is the wind, the child of the sky.”

And they went on eating without stopping. The roof tasted awfully good to Hänsel, so he tore off a great big piece of it, and Gretel pushed out a whole round windowpane, and sad down and really enjoyed it.

All at once the door opened, and a woman as old as the hills, leaning on crutches, cam creeping out. Hänsel and Gretel were so frightened that they dropped what they had in their hands. But the old woman just nodded her head and said: “My, my you dear children, who have brought you here? Come right in and stay with me. No harm will befall you.”

But the old woman had only pretended to be so friendly, really she was a wicked witch who lay in wait for children, and had built the house of bread and sugar just to lure them inside. Witches have red eyes and can’t see far, but they have a keen sense of smell, like animals, so that they can tell whenever human beings are near. When a child came into her power she would kill it, cook it, and eat it. She took both of them by the hand and led them into her little house. Then she set nice food before them–milk and pancakes with sugar, apples, and nuts. After that she made up two beautiful white beds for them, and Hänsel and Gretel lay down in them and thought they were in heaven. Would be a real feast for her.

Early in the morning, before the children were awake, she was already up, and when she saw both of them fast asleep and looking so darling, with their rosy fat cheeks, she muttered to herself: “That will be a nice bite!” Then she seized Hänsel with her shrivelled hands and shut him up in a little cage with a grating in the lid, and locked it; and scream as he would, it didn’t help him any. Then she went to Gretel, shook her till she woke up, and cried, “Get up, you lazy creature, fetch some water and cook your brother something good. He has to stay in the cage and get fat. As soon as he’s fat I’ll eat him.” Gretel began to cry as if her heart would break, but it was all no use. She had to do what the wicked witch told her to do.

Now the finest food was cooked for poor Hänsel, but Gretel got nothing but crab shells. Every morning the old woman would creep out to the cage and cry, “Hänsel put your finger out so I can feel whether you are getting fat.” But Hänsel would put out a bone, and the old woman’s eyes were so bad that she couldn’t tell that, but thought it was Hansel’s finger, and she just couldn’t understand why he didn’t get fat.

When four weeks had gone by and Hänsel still was as thin as ever, she completely lost patience, and was willing to wait no longer. “Come on Gretel, hurry up and get some water! Whether he’s fat or think, tomorrow I’ll kill Hänsel and cook him.”

Oh, how the poor little sister did grieve as she had to get the water, and how the tears ran down her cheeks.

“Light the oven,” she told Gretel. “We’re going to have a tasty roasted boy today!” A little later, hungry and impatient, she went on: “Run and see if the oven is hot enough. First we’ll bake,” said the old woman. “I’ve already heated the oven and kneaded the dough.” She pushed poor Gretel up to the oven, out of which the flames were already shooting up fiercely. “Crawl in,” said the witch, “and see whether it’s got hot enough for us to put the bread in. And when Gretel was in, she’d close the oven and Gretel would be baked, and then she’d eat her too. But Gretel saw what she was up to, and said: “I don’t know how to. How do I get inside?”

“Goose, Goose!” cried the witch angrily, “the oven is big enough–why, look, I can even get in myself,” and she scrambled up and stuck her head in the oven. Then Gretel gave her a tremendous push, so that she fell right in, and Gretel shut the door and fastened the bolt. Oh, then she began to howl in the most dreadful way imaginable, but Gretel ran away, and the wicked witch burned to death miserably.

Gretel ran to set her brother free as fast as she could, opened the cage, and cried, “Hänsel, we are saved!” The old witch is dead!” Hänsel sprang out like a bird from its cage when the door is opened. How they did rejoice, and throw their arms around each other’s necks, and dance around and kiss each other! Since there wasn’t anything to fear, they went inside the witch’s house. They ate some more of the house, until they discovered amongst the witch’s belongings, a huge chocolate egg. Inside laid a casket of gold coins and precious stones. “These are better than pebbles” said Hänsel, and stuck as many in his pocket as he could. “The witch is now burnt to a cinder,” said Hänsel, “so we’ll take this treasure with us.”

They filled a large basket with food, stuffed the precious stones and coins in their pockets, and set off into the forest to search for the way home. This time, luck was with them. A little white duck came to their aid as they tried to cross a wide lake. The little white duck carried them, one by one, safely, to the other side. Pretty soon they came to a wood that kept looking more and more familiar, and at last in the distance they saw their father’s house. Then they started to run, burst into the living room, and threw themselves on their father’s neck. Since he had left the children in the forest, he had not had a single happy hour. Their father said, weeping, “Your stepmother is dead. You are with me now, my dear children!” The two children hugged the woodcutter. Gretel shook out her apron, and pearls and precious stones rolled all over the room, and Hänsel threw down out of his pocket one handful after another.

“Look, Father! We’re rich now . . . You’ll never have to chop wood again and we’ll never be hungry again.” And they all lived happily together ever after.

*

Jacob Grimm, born in Hanau on 4 January 1785 and died in Berlin on 20 September 1863. Wilhlem Grimm, born in Hanau on 24 February 1786 and died in Berlin on 16 December 1859. They both wrote “Tales for kids and relatives” (1812) and “German popular legends” (1816). Their works of philological recovery initiated the studies on German linguistics and culture. In 1819 they began a “German Grammatik” which they did not finish; even so it has of transcendental importance in German philology. Their stories gather oral traditional tales of the German culture, and other versioned ones.

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